A 25 años del atentado contra las Torres Gemelas: los 102 minutos que cambiaron para siempre al mundo

Una mañana que comenzó como cualquier otra terminó abriendo una nueva era marcada por el miedo y la incertidumbre.
11 de septiembre 2026, 10:05hs

El 11 de septiembre de 2001 quedó grabado como una de las fechas que dividieron la historia contemporánea en un antes y un después. En menos de tres horas, cuatro aviones comerciales fueron secuestrados por 19 terroristas de Al Qaeda y utilizados para atacar algunos de los principales símbolos del poder económico y político de Estados Unidos: las Torres Gemelas, en Nueva York, y el Pentágono, en Washington. El cuarto avión, United Airlines 93, cayó en un campo de Pensilvania después de que sus pasajeros intentaran recuperar el control. El saldo fue de 2.977 muertos y unas 25.000 personas heridas, pero las consecuencias de aquella jornada fueron mucho más profundas y alcanzaron la política internacional, la seguridad, las libertades civiles y la vida cotidiana de millones de personas.

El plan que comenzó mucho antes del ataque

Para entender cómo fue posible aquella mañana hay que retroceder varios años. El atentado fue el resultado de una operación planificada por Al Qaeda y sus principales dirigentes, Osama Bin Laden y Khalid Sheikh Mohammed, considerado el cerebro de los ataques. Los 19 integrantes fueron divididos en cuatro grupos: cuatro aprendieron a pilotear aviones mientras los demás tenían la misión de controlar a pasajeros y tripulaciones para permitir que los pilotos tomaran el mando y modificaran el rumbo de las aeronaves. Entre ellos estaba Mohammed Atta, un egipcio de 33 años que había estudiado arquitectura en El Cairo y Alemania y que formó parte de la denominada célula de Hamburgo junto a Marwan al-Shehhi y Ziad Jarrah.

Los 18 colaboradores de Mohamed Atta (Reuters)
Mohammed Atta (a la derecha), antes de abordar el avión que se estrelló contra una de las torres (AP-FBI)

El proyecto comenzó a tomar forma concreta cuando los futuros secuestradores empezaron a prepararse en Estados Unidos. En marzo de 2000, Atta comenzó a contactar escuelas de vuelo para consultar precios y alojamiento, mientras el grupo se distribuía entre distintos puntos del país y recibía financiamiento mediante transferencias encubiertas. Durante el verano de 2001, algunos de los futuros pilotos realizaron vuelos comerciales para observar las rutinas de las tripulaciones y estudiar las posibilidades de tomar el control de un avión. A fines de agosto, Atta comunicó que la operación se realizaría el segundo martes de septiembre, aunque nunca se pudo establecer con certeza por qué se eligió esa fecha.

Los días previos estuvieron marcados por movimientos que, vistos después, adquieren otra dimensión. Los integrantes de los cuatro grupos ya estaban ubicados entre Boston, Washington y Nueva Jersey. El 10 de septiembre, Atta abandonó un hotel de Boston con dos bolsos en los que llevaba un Corán, un libro de oraciones, videos de entrenamiento para Boeing, un manual de procedimientos de vuelo, una navaja plegable y un pequeño aerosol de gas pimienta. Esa noche viajó junto a Abdul Azis al-Omari hasta South Portland, Maine, donde cargaron combustible, retiraron dinero de cajeros automáticos, cenaron en un Pizza Hut y pasaron la noche en un hotel.

102 minutos que paralizaron a Estados Unidos

La mañana siguiente comenzó antes del amanecer. A las 5:40, Atta y al-Omari llegaron al aeropuerto internacional de Portland y, poco después de las 6, tomaron un vuelo hacia Boston. Allí abordaron el American Airlines 11, que debía llegar a Los Ángeles. Otros integrantes de la operación ya estaban distribuidos en los vuelos 175, 77 y 93. En Boston, Atta y al-Omari subieron al avión a las 7:39 y ocuparon los asientos 8D y 8G. En Dulles, cerca de Washington, cinco terroristas esperaban el vuelo 77, mientras que otros cuatro abordaban el United Airlines 93 en Newark.

A las 8:46, el American Airlines 11 se estrelló contra la Torre Norte del World Trade Center. El impacto provocó enormes daños en los pisos superiores y desató incendios, pero durante los primeros minutos muchas personas pensaron que podía tratarse de un accidente. Diecisiete minutos después, a las 9:03, el United Airlines 175 apareció sobre Manhattan y se estrelló contra la Torre Sur. Las cámaras de televisión que transmitían las imágenes de la primera torre en llamas captaron el segundo impacto y terminaron de revelar al mundo que Estados Unidos estaba siendo víctima de un ataque coordinado.

En Sarasota, Florida, el presidente George W. Bush se encontraba en una escuela primaria cuando recibió la noticia. A las 9:25, la Administración Federal de Aviación ordenó detener los despegues en todo el territorio estadounidense, una decisión inédita que paralizó por primera vez el sistema aéreo comercial del país frente a una amenaza de semejante magnitud. Mientras Bush anunciaba que debía regresar a Washington, el tercer avión continuaba acercándose a su objetivo.

El jefe del gabinete de la Casa Blanca, Andy Card, le susurra al oído al presidente Bush sobre los hechos acontecidos en el World Trade Center (AP Photo/Doug Mills)

A las 9:37, el American Airlines 77 impactó contra el Pentágono, en las afueras de Washington. El edificio que albergaba al Departamento de Defensa quedó parcialmente destruido y se convirtió en el tercer escenario de los ataques. Cinco minutos después, la FAA ordenó que todos los vuelos comerciales que todavía permanecían en el aire aterrizaran cuanto antes.

Pero todavía quedaba un avión.

La rebelión del vuelo 93

El United Airlines 93 había despegado con destino a San Francisco. Después de que los secuestradores atacaran a los pilotos, desde tierra se recibieron comunicaciones que daban cuenta de los pedidos de ayuda y del forcejeo dentro de la cabina. A diferencia de los otros tres aviones, los pasajeros comenzaron a conocer lo que estaba sucediendo en Nueva York y Washington porque se comunicaron con familiares, amigos y personas en tierra mediante teléfonos satelitales y celulares.

Esa información cambió su percepción de lo que estaba ocurriendo. Comprendieron que los secuestradores probablemente pretendían utilizar el avión contra otro objetivo y comenzaron a organizar una rebelión para intentar recuperar el control de la aeronave. El informe de la Comisión del 11-S no pudo determinar con certeza si el destino previsto era la Casa Blanca o el Capitolio, aunque estableció que la aeronave se dirigía hacia la región de Washington y que la radio de la cabina estaba sintonizada con una señal de navegación vinculada al Aeropuerto Nacional.

A las 9:59, mientras los pasajeros se preparaban para ingresar a la cabina, la Torre Sur comenzó a derrumbarse. Cuatro minutos después, a las 10:03, el Boeing 757 cayó en un campo cerca de Shanksville, Pensilvania. Los pasajeros no consiguieron recuperar el control del avión, pero evitaron que alcanzara el objetivo previsto por sus secuestradores. Fue el único de los cuatro aviones utilizados en los atentados que no llegó a impactar contra el edificio que sus captores habían elegido.

Los pasajeros del vuelo 93 organizaron una rebelión tras conocer los ataques del 11-S y evitaron que el avión llegara a su objetivo en Washington (AP)

A las 10:28, finalmente, la Torre Norte se derrumbó. Entre el primer impacto y el colapso del último edificio habían transcurrido 102 minutos. En ese lapso, miles de personas habían quedado atrapadas en los edificios, otras habían conseguido escapar por las escaleras y las calles de Manhattan se habían convertido en corredores de evacuación cubiertos por una nube de polvo.

El día que terminó y el mundo que comenzó después

Las Torres Gemelas eran parte del perfil de Nueva York y un símbolo del poder económico estadounidense. Su destrucción transformó para siempre la imagen de Manhattan (REUTERS/Brad Rickerby)

El balance final fue de 2.753 muertos en Nueva York, 184 en el Pentágono y 40 a bordo del vuelo 93. Pero el impacto humano continuó mucho después del derrumbe de las Torres Gemelas. Durante los meses siguientes, miles de trabajadores participaron de las tareas de rescate, limpieza y remoción de los escombros, y muchos bomberos, policías, voluntarios y trabajadores desarrollaron con el paso de los años enfermedades vinculadas con la exposición al polvo y a las sustancias liberadas por los edificios destruidos.

Trabajadores y miembros de los servicios de emergencia participaron durante meses en la limpieza de la zona del desastre (EFE/EPA/Ted S. Warren)

Esa misma noche, George W. Bush habló desde la Casa Blanca y prometió encontrar a los responsables de los ataques. Menos de un mes después, el 7 de octubre de 2001, Estados Unidos y sus aliados iniciaron una campaña militar contra Afganistán con el objetivo de destruir a Al Qaeda y derribar al régimen talibán, que había permitido a Bin Laden y a otros integrantes de la organización permanecer en el país. Los talibanes perdieron el control de Kabul antes de terminar ese año, aunque Bin Laden logró escapar y permaneció prófugo durante casi una década.

El colapso de las Torres Gemelas después de ser impactadas (REUTERS/Ray Stubblebine)

La respuesta al 11-S también transformó la vida cotidiana. Los aeropuertos endurecieron los controles, aumentaron las inspecciones y cambiaron las restricciones sobre el equipaje de mano. Pero la transformación alcanzó mucho más que los viajes: las políticas de seguridad se ampliaron, Estados Unidos entró en una etapa de guerras y operaciones militares en el extranjero y comenzó un profundo debate sobre los límites del poder estatal y las libertades civiles.

Bin Laden fue finalmente localizado en Pakistán y murió durante una operación estadounidense en mayo de 2011, casi diez años después de los atentados. Para entonces, la guerra iniciada después del 11-S ya había dejado una profunda huella y la sociedad estadounidense había cambiado. Pero las consecuencias tampoco quedaron encerradas en la política internacional: permanecieron en las familias que perdieron a alguien, en los sobrevivientes, en los trabajadores de emergencia y en quienes todavía padecen las secuelas físicas y psicológicas de aquella jornada.

A las 8:46, el primer avión impactó contra la Torre Norte. A las 10:28, el complejo terminó de derrumbarse. Fueron apenas 102 minutos, pero alcanzaron para modificar la historia de Estados Unidos y alterar el mundo durante las décadas siguientes. Veinticinco años después, el 11-S continúa siendo una frontera histórica cuya sombra todavía se proyecta sobre la seguridad, la política internacional y la memoria colectiva.

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