Una adopción, una búsqueda y un reencuentro que ni el cine hubiera imaginado

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El argumento parece salido de una película pero los personajes son reales. Pablo “Paco” Baldo contó cómo fue enterarse que había sido padre, varios meses después que esa bebé fuera dada en adopción. Además, narró su incansable búsqueda y el reencuentro en circunstancias que solamente pueden entenderse cuando interviene eso que algunos llaman “destino”.

La historia comenzó a fines de 1989 en La Paquita, un pueblo mínimo de la provincia de Córdoba, mientras el mundo entero miraba hacia otro lado. El Muro de Berlín había sido derribado, una era había llegado a su fin y en La Paquita -a unos 12.000 kilómetros de Alemania- un joven de 19 años apodado Paco preparaba sus bolsos, eufórico. “En ese entonces yo era jugador de voley pero en el colegio. Recién había terminado el secundario, hacía 4 o 5 años que andaba de novio, y me salió la oportunidad de probarme en Córdoba Capital para ser jugador profesional, imaginate”. Paco Baldo tiene ahora 50 años y su relato es el del “sueño del pibe”: iba a salir de un pueblo de 665 habitantes -según el censo de esa época- para desembarcar en la capital de Córdoba con casa, comida, pasajes y libertad e intentar ganarse un lugar en el club Banco Provincia.

No fue hace tanto tiempo pero Internet todavía era ciencia ficción y en su casa de La Paquita solo había un teléfono verde de disco. Unos meses después de la prueba, en enero de 1990, el teléfono verde sonó. “Me habían aceptado en el club, así que me mudé a Córdoba detrás de ese sueño. Enseguida perdí el contacto con la que era mi novia, que era dos años más menor que yo”, sigue. En la capital, Paco empezó a salir con otra chica, jugadora de voley como él. Volvía al pueblo cada mes, mes y pico, a visitar fugazmente a su familia entre torneo y torneo. Y recién a fin de 1990, cuando en el club terminaron las actividades deportivas, volvió a La Paquita para pasar las vacaciones en familia después de un año fuera de casa. “Y un día sonó el teléfono, fue un viernes a la noche, no me lo voy a olvidar nunca”.

Paco Baldo y sus trofeos como entrenador.

Era la chica que había sido su novia, le dijo que necesitaba verlo. “Nos encontramos y ahí me lo contó. Me dijo que había tenido una nena y que la había dado en adopción. Yo quedé en shock”. Era noviembre de 1990, la beba había nacido en abril.  “Lo que recuerdo es un vacío enorme en el cuerpo, no sé cómo explicarlo. Era una parte de mi vida y no sabía dónde estaba, sentía que cada día que pasaba se alejaba más. Los primeros meses, con ayuda de un amigo abogado, le pedimos a una persona que nos ayudara a buscarla, tipo detective. Pero nada, no encontró ningún rastro”, recuerda. “Y cuando uno no sabe imagina cualquier cosa. Yo no podía dejar de pensar. Suponía que era gringa y no sabía si se la habían llevado al extranjero, si la habían vendido, si estaba con una buena familia o si estaba en riesgo”.

Con esa espina clavada en un pie, Paco continuó una exitosa carrera como deportista profesional, primero como jugador, después como entrenador. En 1991 decidió dejar la capital y empezó a jugar en el club “9 de julio Olímpico de Freyre”, a 50 kilómetros de su pueblo. En 1995 se fue al Club Sociedad Sportiva Devoto y se formó como entrenador. Y en el 2000 volvió al club Freyre, la institución que terminó siendo un eslabón clave en la historia.

“Seguían pasando los años y yo todo el tiempo buscaba parecidos. Calculaba la edad que podía tener mi hija y miraba. Lo increíble es que no la buscaba en la calle o en el supermercado: yo sólo miraba en mi mundo, así que sólo buscaba parecidos en las jugadoras de voley”. Era una carambola. Paco mide 2 metros. Si su hija había salido parecida a él, podía ser alta. También, claro, podía no serlo. Si era alta podía ser jugadora de voley, de básquet. También, claro, podía no ser ni siquiera deportista. No tenía ninguna pista así que, aún si fuera jugadora de voley, podía vivir cerca o al otro lado del mundo. Paco ya era un hombre adulto y tenía la tristeza pegada en la piel. Cada vez que visitaba a sus amigos, que ya tenían hijos, “sentía que me faltaba algo. Además, yo no había tenido otros hijos, algo estaba trabado y había tenido paperas, por lo cual tampoco sabía si iba a poder volver a ser padre”.

Julia Benet, en un viaje.

La cosa es que en el año 2007, cuando Paco ya era parte del cuerpo técnico del club Freyre, una jugadora de 17 años de un equipo santafesino llamado Villa Dora viajó a Córdoba. El plan era probarse para representar a Freyre en la Liga Nacional y Pablo era uno de los encargados de elegir a las mejores jugadoras para armar el equipo. Tuvo suerte de que sus colegas no lo escucharon “porque yo la quería echar. Les decía, ‘esta es una vaga, no se quiere tirar’, echala a la mierda”, se ríe ahora. Era él el encargado de armar las fichas de las jugadoras elegidas para presentar en la Federación del Voleibol Argentino (FeVA) y Julia Benet, la jugadora adolescente en cuestión, había sido seleccionada como refuerzo. Paco se sentó y agarró una lapicera.

“Y a medida que iba completando los datos me iban cayendo fichas. Fecha de nacimiento: 29 de abril de 1990, igual que mi hija. Lugar de nacimiento: Esperanza, igual que mi hija”. En la hoja había una foto carnet agarrada con un clip. Paco -que ya tenía 37 años- miró los 4 centímetros de foto en silencio, con la respiración agitada: la chica tenía su misma nariz. “No tenía más datos que esos, no podía ir a decirle ‘hola, creo que soy tu papá’, imaginate el daño que podía causarle si estaba equivocado”, cuenta Paco. Pero otro dato alimentó la sospecha: “Mantuve la duda muy en secreto, sólo se lo conté a tres personas de mi círculo íntimo. Dos eran los otros entrenadores del equipo. Justo uno de ellos había tenido la entrevista con los padres de la Julia así que se quedó helado y me dijo ‘¿vos sabés que la Julia es adoptada?’”.

Dice Paco que lo sentía en el corazón pero tenía terror de estar equivocado, por eso mantuvo la distancia. Paco era el entrenador, Julia una de sus jugadoras. Pero el parecido físico era evidente: “Me acuerdo que la que era mi novia se paraba atrás cuando yo caminaba con la Julia en la cancha y después me decía ‘son iguales, es impresionante’”. Hasta los desconocidos, que no estaban condicionados por las ganas, veían el parecido: “Una vez ella se fue a jugar un torneo a Mar del Plata y yo le mentí al fotógrafo. Le dije que era captador nacional de jugadoras y que necesitaba fotos de ella jugando. Cuando el fotógrafo volvió no me encontró y le dijo a un compañero: ‘avisale al entrenador que le dejo acá las fotos de su hija’.

La otra persona que sabía era quien entonces era la novia de Pablo, estudiante de psicología, que terminó siendo la encargada de acercarse a ella en puntas de pie. La liga había terminado y Julia ya vivía en el Cenard (Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo), en Buenos Aires, donde se entrenaba con la Selección. Primero le pidió amistad por MSN y empezaron a conversar. Quien sigue con el relato es la propia Julia, que tenía parte del camino allanado gracias a Jorge Benet y Silvina Sobrero, sus padres, que habían decidido no mentirle y contarle, desde chica, que “no había salido de la panza de mamá pero sí del corazón”. A diferencia de Paco, Julia nunca se había sentido incompleta y, hasta ese entonces, no se le había dado por buscar a sus padres biológicos. Sin embargo -cuenta- lo que pasó fue “un antes y un después” en su vida.

“Tengo recuerdos muy vívidos de ese día. Estaba sentada en el pasillo del Cenard chateando en el MSN y una letra rosada me preguntaba si quería saber quién era mi papá biológico. Realmente no cuestiono el método que usó para contármelo porque dudo que haya una forma adecuada para hacerlo. Simplemente pasó. Recuerdo que lloré, me reí de felicidad y lo llamé”. La historia incluso ocupó un espacio en el portal especializado “Somos vóley”.

Julia, su papá adoptivo (Jorge Benet) y su hermano Jerónimo.

Paco no lo podía creer. Julia no había sido enviada al extranjero y había estado a salvo con lo que él ahora llama “la familia ideal” y Julia coincide: “Creo que gran parte de la fortaleza que tuve para encarar esta situación se debe a ellos. La responsabilidad de no haberme mentido hizo que yo tomara la noticia de una manera más abierta y positiva. Yo sentí que solo ganaba, porque ahora tengo dos papás. Son cariños diferentes pero incondicionales al fin”, cuenta Julia. Y sigue: “Yo tenía bien en claro quién era mi familia, era muy feliz con ella y no tenía razones para querer saber quiénes eran mis padres biológicos. Tal vez era una pregunta que en un futuro me iba hacer, tal vez no. Sin embargo, de sorpresa, mi familia se amplió. Siempre trato de pensar esta situación de manera gráfica: mi corazón estaba lleno pero ahora tiene como una parte que sobresale”.

¿De dónde sacó el voley Julia? Su mamá es bioquímica y profesora de química general en la Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe, “lejos de cualquier cancha o pelota existente”, cuenta ella. El papá es arquitecto y tiene un programa de televisión y una revista sobre construcción, tampoco es deportista. “El destino”, dice Paco. “O no sé, yo creo en un poder superior que nos puso en el mismo camino. También por eso yo amo tanto a este deporte, porque lo que siento es que el voley me devolvió a mi hija”, se emociona Pablo. Julia sí era alta como él se la había imaginado: mide 1.88.

“Yo creo que fue el destino y también mi mamá -opina Julia- que siempre estaba al pie del cañón acompañándome cada vez que yo cambiaba de deporte, porque de chica era muy cambiante. Creo que es más importante que me hayan apoyado de ese modo a que hayan sido deportistas”, dice ella, que empezó a jugar al voley a los 14 años aunque el amor por el deporte se fue construyendo con el tiempo. Julia es ahora entrenadora de Beach voley y también de indoor. Paco no había aprendido a ser padre y se sentía “como cuando sos chico y te dan un regalo muy grande y de la emoción no sabés por dónde empezar a abrirlo”. Y dice que la sensación fue “que había vivido siempre como asfixiado y de golpe había aparecido el oxígeno”.

“Habíamos tardado como un año en decírselo así que lo primero que me reclamó la Julia fue por qué no se lo habíamos dicho antes. Me da gracia porque el parecido no era sólo físico, tiene un carácter…como el mío. Después me preguntó por qué la había dado en adopción y ahí le conté que yo no sabía, esa es la verdad, me enteré cuando ya estaba hecho. Incluso, por cómo era mi viejo, de haber sabido nos habrían hecho casar”. Con el correr de los años Julia -que también tiene un hermano adoptivo al que adora y se llama Jenaro, viajó a Córdoba a conocer a su abuela biológica, a su tía, a sus primos y amplió las fronteras de su familia. Pablo cree que haberla encontrado “destrabó algo” porque hace menos de tres años logró volver a ser papá.

Después, los dos contestan la misma pregunta: ¿cómo es la relación que tienen hoy? “La relación padre-hija es muy linda”, contesta Julia. “Soy muy confidente con él, nos contamos muchas cosas, a veces demasiadas. Se me hace fácil sentarme a hablar con él, puedo mostrarme tal cual soy. Y algo que destaco de él, no como padre sino como persona, es que es un hombre de gran corazón”, se despide. “Es una paternidad distinta, con menos autoridad, más compinche”, coincide Paco. “La Julia siempre dice que el Día del Padre festeja por dos. A mí eso no me molesta, al contrario, me encanta. Ella ya tiene un papá y yo le voy a agradecer siempre por haberla querido tanto”.

Fuente: Gisele Sousa Dias para Infobae