Los amantes del cine evocan a un “genio maldito”, Marlon Brando

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Este domingo 3 de abril, Hollywood evocará a uno de sus llamados “Monstruos sagrados”, Marlon Brando, considerado por muchos el mejor actor de la historia y famoso también por el maltrato y arrogancia con que trataba al resto de los mortales.

Sin dudas, hablar de él es encontrarse con opiniones extremas. La mayoría lo conoció como el mejor actor de cine. Otros maldijeron la hora en la que se habían cruzado con él. Conforme se fue forjando su leyenda, el carácter de Marlon Brando se fue volviendo más y más difícil. Algunos de sus biógrafos coinciden en que su mal carácter se hizo más nítido tras el extraordinario éxito de su personaje Kowalski en “Un tranvía llamado deseo”, en 1951. Otros, cuentan que en algunos rodajes se negaba a memorizar sus frases. También que, siendo mayor, todo aquel que lo quería en su película tenía que adaptarse a sus condiciones. Asi por ejemplo, en 1978, cuando la Compañía Warner le propuso encarnar al padre de “Superman”, él exigió el mayor sueldo que un actor hubiese exigido jamás: siete millones de dólares. La jugada le salió redonda, ya que apenas aparecía siete minutos en pantalla.

Nacido en Omaha, Nebraska, el 3 de abril de 1924, Brando tuvo en su padre a un hombre de carácter muy fuerte perteneciente a la Iglesia Episcopaliana y representante de una fábrica de productos químicos, lo cual hizo que la familia cambiara muchas veces su lugar de residencia. Su madre fue una artista aficionada y principal impulsora de un grupo teatral de Omaha (por el cual a fines de los años veinte pasaron unos aún desconocidos Dorothy McGuire y Henry Fonda). La notoria incompatibilidad del matrimonio se tradujo, al cabo de poco tiempo, en una batalla constante que en plena ley seca llevó a la mujer al alcoholismo y a los hijos a emanciparse desde muy jóvenes. Marlon Brando se enteró de la muerte de su madre, en 1954, en un set de rodaje. Su padre, que pronto volvió a casarse, murió en 1965.

Rebelde desde la niñez, el joven Bud (era su sobrenombre familiar) ingresó con dieciséis años, en contra de su voluntad, en la Shattuck Military Academy de Fairbult, Minnesota, donde lejos de «enderezarse», fue expulsado dos años después por insubordinación. Obligado entonces a trabajar en lo que encontraba, fue albañil y conductor de excavadoras mientras sus hermanas se independizaban y partían a Nueva York para probar suerte en el teatro. A comienzos de 1943 se fue a vivir con su hermana Joselyn con el mismo objetivo, aunque para ganarse la vida tuvo que encadenar una sucesión de trabajos eventuales (vendedor de refrescos, lavaplatos, botones, ascensorista en unos grandes almacenes) mientras esperaba su oportunidad.

Marlon Brando en la piel de Vito Corleone, el Padrino.

Una recomendación lo condujo ante Erwin Piscator, director del Dramatic Workshop. Allí asistió a las clases de Stella Alder, quien gozaba de gran prestigio por haber sido alumna, en Moscú, de Konstantin Stanislavski, cuyas técnicas aplicaba. Una decena de obras entre 1944 y 1947 (con autores como Moliere, Shakespeare, Ben Hecht, Jean Cocteau o Bernard Shaw) foguearon su talento, y le bastaron dos frases para convencer a Tennessee Williams de que se hallaba ante el intérprete ideal para encarnar por primera vez al Stanley Kowalski de Un tranvía llamado Deseo. Con el beneplácito del dramaturgo y la dirección de Elia Kazan, Marlon Brando fue un Kowalski nunca superado, y de la noche a la mañana consiguió que todo Broadway hablara de él.

El éxito rotundo del montaje propició su versión cinematográfica. Y el actor, que ya había debutado en Hombres (1950), de Fred Zinnemann, supo trasladar a la pantalla toda la fuerza y los matices con que había dotado a su personaje en la escena, aunque su poder de seducción se multiplicó. Con “Un tranvía llamado Deseo”, Brando tuvo fama mundial y comenzó a construir su mito. Comenzó a ser ese ícono que imitaron sus contemporáneos y que al día de hoy se lo sigue teniendo de referencia. Luego llegaron otras películas como ¡Salvaje! (1954), de László Benedek, o Piel de serpiente (1959), de Sidney Lumet, o El baile de los malditos (1958).

Brando y Marilyn Monroe, romance y glamour al extremo.

En seis años de carrera había sido candidato al Oscar en cinco ocasiones, y aunque lo podría haber ganado por ¡Viva Zapata! (1952), de Elia Kazan, o Julio César (1953), de Joseph L. Mankiewicz, lo obtuvo por La ley del silencio (1954), en la que encarnó al contradictorio Terry Malloy, el ex boxeador que merodeaba por los muelles de Nueva York. Con su talento, Brando encarnaba el inconformismo y se sentía un anti sistema en Hollywood, pero cada uno de sus personajes terminaba siendo un fantástico “vendedor” de la gran fábrica de sueños. Puede decirse que esa primera etapa se cerró con su único trabajo como director, El rostro impenetrable (1961), un western crepuscular que marcó las pautas por las que desde entonces se rigió el género, pero que en su momento no fue justamente valorado. Un decenio después fue rescatado de la medianía por Bernardo Bertolucci y por Francis Ford Coppola, quien con su obra maestra “El padrino” lo llevó a ganar un nuevo premio Oscar, el cual fue recogido en su nombre por una falsa india sioux como protesta por el trato a los indígenas norteamericanos.

En paralelo, los desarreglos en su vida privada se fueron amontonando. Casamientos con mujeres exóticas (entre las que estuvo la galesa Joanna O’Callaghan, quien durante años convenció a Brando que era una hindú de nombre Anna Kashfi) provocaron también divorcios con demandas siempre millonarias. Eso agregado a excentricidades como comprar un atolón en Tahití, hizo que sus finanzas se derrumbaran y tuviera que aceptar papeles de muy baja calidad artística a cambio de dinero que le resolvieran los otros conflictos.

Así y todo, poco después de su muerte ocurrida en julio de 2004, se hizo público el testamento en el que dejaba un patrimonio de unos 22 millones de dólares y reconocía a diez de sus hijos habidos de todas sus relaciones. De ellos, los mayores repartieron sus cenizas, cumpliendo la voluntad del actor, en su isla de Tahití y en California, en el Valle de la Muerte.