Sin embargo, aquel emblema distaba mucho de la versión que conocemos actualmente, ocultando particularidades de diseño y motivos políticos sumamente llamativos.
Aquel pabellón, que todavía no contaba con un reconocimiento oficial, estaba compuesto por los colores celeste, blanco y celeste. No obstante, presentaba una curiosa anomalía estructural inspirada directamente en los rasgos de la bandera de España: la franja blanca central se distinguía por la peculiaridad de tener una anchura que duplicaba la del tono celeste.
El motivo detrás de este histórico izado tampoco fue casual. La enseña patria se elevó en lo alto del templo para acompañar la celebración de una misa de acción de gracias, la cual se había organizado para festejar el fracaso de la conspiración de Álzaga, un complot que amenazaba al proceso revolucionario.
Tras este acontecimiento, el símbolo nacional entró en una etapa de promoción silenciosa. La Asamblea Constituyente de 1813 impulsó su utilización en secreto y evitó dejar normativas escritas al respecto, debido a que el contexto político de la época aún no se consideraba el adecuado para insistir de manera abierta con símbolos de tinte independentista.
El reconocimiento definitivo llegó recién tras dar el paso crucial: luego de la Declaración de la Independencia el 9 de julio de 1816, el Congreso instituyó formalmente la bandera celeste y blanca como símbolo nacional. Dos años más tarde, en 1818, el mismo cuerpo legislativo dictó la directiva de completarla incorporando la figura del sol en su centro.





