A pesar de la magnitud de la figura, el presidente Javier Milei omitió cualquier referencia pública, buscando evitar daños en su imagen ante el fallecimiento de un ícono cultural con el que mantiene profundas distancias ideológicas.
En cuanto a la logística de la despedida, las autoridades descartaron el uso de edificios públicos de alto perfil. El titular de la Cámara de Diputados, Martín Menem, ratificó que el Congreso no sería sede del velatorio alegando cuestiones de seguridad e infraestructura. Esta postura se mantuvo firme a pesar de los pedidos de bloques opositores para abrir el Palacio Legislativo a los seguidores del músico.
En un intento por mostrar "buena voluntad", figuras centrales del Ejecutivo como Karina Milei y Manuel Adorni intentaron establecer contacto con el círculo íntimo del artista. No obstante, la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, confirmó que no recibieron respuesta alguna por parte de los allegados de Solari, tras diversos intentos fallidos de comunicación iniciados desde las primeras horas del viernes.
Mientras el silencio primaba en la cúpula oficial, la Plaza de Mayo se colmaba de fanáticos que se acercaron a homenajear a su ídolo. Ante este "aluvión" de seguidores, el Ministerio de Seguridad debió activar un operativo de vigilancia especial para prevenir posibles disturbios y monitorear la masiva concentración en los alrededores de la Casa de Gobierno.
Finalmente, el deceso disparó roces internos en el mundo libertario, donde convivieron desde despedidas protocolares hasta ataques frontales. Mientras el secretario de Cultura, Leonardo Cifelli, destacó que su obra perdurará, otros referentes sin cargo oficial lo tildaron de "magnate de los pobres" y "empresario de rebeldía", reflejando la tensión ideológica que rodea el legado del cantante.





