Aunque informes recientes mencionan una posible neumonía como causa del deceso, la querella sostiene que los traumatismos por golpes en la cabeza fueron determinantes y que la infección pudo derivarse de la misma golpiza.
Uno de los datos más estremecedores revelados por la investigación es el drástico deterioro físico que sufrió el menor en sus últimos cuatro meses de vida. Según los registros analizados por la defensa, Ángel pesaba 26 kilos cuando fue retirado de su "mamá del corazón", pero al ingresar a la guardia antes de morir apenas alcanzaba los 19 kilos, lo que representa una pérdida de más de un kilo y medio por mes.
Más de 50 testigos han aportado declaraciones sobre el calvario que vivía el niño en su hogar. Entre los relatos más crueles destaca el de la hija de su padrastro, quien describió situaciones de violencia naturalizadas y "castigos" que consistían en duchas de agua helada o jarros de agua fría sobre su cabeza cada vez que el niño se equivocaba en ejercicios escolares.
La investigación también sacó a la luz las presuntas maniobras para ocultar las agresiones físicas cotidianas. Testigos relataron que Ángel presentaba constantes moretones y marcas en la cabeza; incluso, se detalló que en diversas circunstancias lo obligaban a utilizar una máscara para salir a jugar, impidiendo así que el entorno notara las lesiones en su rostro y cráneo.
Finalmente, el abogado Castillo cuestionó la hipótesis de la afección respiratoria como un hecho aislado, señalando contradicciones en los niveles de oxigenación registrados al ingresar a la guardia. Para la representación del padre biológico, si existió un problema pulmonar, fue una consecuencia directa del daño al sistema nervioso central provocado por los golpes, reafirmando que el menor vivió una situación límite de violencia intrafamiliar.





