Su fallecimiento, ocurrido a los 79 años tras complicaciones derivadas de un enfisema pulmonar, marca la partida de un músico que no solo heredó un apellido ilustre, sino que fue protagonista de las transformaciones más audaces de la música popular rioplatense.
Durante mediados de los años setenta, Daniel ocupó un rol profesional central al integrar el Octeto Electrónico, donde aportó su talento en los sintetizadores y la percusión. Lejos de ser un acompañante meramente filial, participó activamente en este "laboratorio musical" que incorporó instrumentos eléctricos y ritmos de jazz, desafiando las estructuras del tango tradicional y las expectativas de la crítica de la época.
Con los años, se convirtió en un difusor del legado paterno, abordando la obra de Astor con rigor y sobriedad a través de proyectos como su álbum "Piazzolla por Piazzolla", donde revisitó sonidos electrónicos con temas propios. Además, fue el impulsor del emblemático concierto homenaje de 1996 en el Teatro Ópera, que reunió al Octeto con figuras internacionales como Chick Corea y Gary Burton, reafirmando la vigencia del tango como un lenguaje universal en diálogo con el jazz moderno.
Hincha fanático de River Plate y amante de Villa La Angostura, Daniel supo mantener viva la llama de la innovación sin convertir la música en una pieza estática de museo. Con su partida, desaparece una referencia autorizada para comprender el período en que el tango se atrevió a cruzar fronteras definitivas hacia la música contemporánea, dejando un aporte discreto pero fundamental en la historia cultural argentina.







